En la lógica humana, produce extrañeza que sea San José el patrono de los Seminarios. Hubiera sido más acorde con el sentido común que el patrón fuera, por ejemplo, un apóstol, prototipo de llamada y respuesta generosa, o un santo obispo o sacerdote cuya vida y escritos estuvieran dirigidos principalmente a la formación sacerdotal. Pero no, es San José. Lo es porque toda su vida es una enseñanza para aquellos que sienten la llamada a trabajar en la mies.

Es maestro en el seguimiento incondicionado. Su vida evidencia la entrega y disponibilidad a los intereses de Jesús a cuyo servicio estuvo. Decía el beato Pablo VI  hablando de San José en una homilía el día de su fiesta: “Servir a Jesús fue su vida, con dedicación completa. Él es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no es preciso cosas grandes, bastan virtudes comunes, humanas, simples, que sean verdaderas y auténticas”.

Es, además, maestro en buscar y aceptar la voluntad de Dios, dejando de lado sus propios intereses. Hizo de su vida un don total de sí. Se confió libre y totalmente a Dios.

Parecen suficientes, aunque haya muchos más, estos dos aspectos para que San José sea, mejor que nadie, el patrón de los Seminarios, cuyo principal objetivo es formar a los futuros pastores en el seguimiento, en la consecución de una vida evangélica, en el servicio humilde y consagrado a la Iglesia y en la confianza absoluta en Aquel que toma la iniciativa en la llamada.

Bienaventurado San José, cuida, con paterno afecto de nuestros seminaristas y sus formadores.

San José definitivo