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Viene siendo habitual en los últimos años, que los diáconos de nuestro Seminario vayan a África para conocer otras realidades. Ángel María Vilaboa nos cuenta un testimonio de esa experiencia que tuvo durante el verano:

“Podría contar muchas experiencias de lo que viví en Benín pero pasado un tiempo, unas van siendo más borrosas, quizás no fueron tan intensas, y otras quedan grabadas en el corazón. De estas últimas, las buenas quisiera recordar el encuentro con una comunidad de primera evangelización.

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No es que yo les evangelizara, porque la lengua local no la conocía y el francés… no se me da muy bien que digamos. Pero si tuve la oportunidad de acompañar a los misioneros, Antonio y Alejandro, a una de tantas aldeas en los alrededores de Bembéréké.

No era fácil llegar, el camino estaba lleno dificultades, baches, agujeros, atajos… fuimos esquivando los imprevistos hasta llegar a un riachuelo y ya era demasiado para la pericia del chófer. Pues no pasa nada, a partir de ahí caminando. Nos descalzamos, cruzamos el riachuelo y seguimos nuestro camino a pie hasta llegar a la aldea.

A las puertas, los vecinos habían construido una pequeña choza de adobe. No era más grande que una habitación. Al fondo una tabla que hacía las veces de altar y unos troncos se extendían hasta la puerta donde se iban sentando los interesados.

Primero entraron los ancianos, luego los que venían del campo, las madres con sus niños, y unos pocos jóvenes. La catequesis empezaba con un canto, al que todos acompañaban con sus voces mientras mecían su cuerpo. Continuaba con el repaso de algo tan sencillo como la oración que el mismo Jesús nos enseñó hace dos mil años. Pero allí tenía algo de nuevo, como si fuera la primera vez que alguien rezaba a Dios llamándolo Padre.

Sus rostros, acompañados por su pobreza, reflejaban un deseo de Dios tan intenso, que hacían surgir una mirada llena de pureza evangélica.”

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