higarza

A D. Jesús Luis Díaz Higarza

TESTIGO Y MAESTRO

En el curso 2010-2011 conocí a D. Jesús Luis Díaz Higarza. Por aquel entonces él era el profesor de Moral Personal y Social en el Instituto de Ciencias Religiosas "San Melchor de Quirós". Éramos un nutrido grupo de alumnos de muy variada condición -maestros, alumnos de Magisterio, profesionales liberales, religiosos, catequistas…-. Todos advertimos muy pronto la talla intelectual y docente de D. Luis. Preparaba con esmero y meticulosidad cada lección proporcionando al alumno toda la información necesaria para una adecuada comprensión del temario. A su vez, siempre enriquecía sus explicaciones con una mirada profunda, fraternal y solidaria en favor de los descartados de nuestra sociedad.

Su palabra era siempre escuchada y no te dejaba indiferente. Su magisterio docente tenía rasgos de profetismo pues te impelía a salir de ti mismo, a hacerte cargo de tu realidad personal y comunitaria aceptando y cargando el coste de la projimidad. En esta tarea siempre tuvo como referentes a grandes figuras del catolicismo social como el P. Gafo, Maximiliano Arboleya, Guillermo Rovirosa, Julián Gómez del Castillo y tantos otros.

D. Luis fue un gran maestro porque antes fue un testigo de Jesucristo allá donde desarrolló sus tareas pastorales. En Cangas del Narcea junto a los agricultores y ganaderos, en las Comarcas mineras del Nalón y del Caudal junto a los mineros, en la Delegación de Enseñanza de la diócesis acompañando y animando al profesorado de Religión y en la última etapa de su vida al frente del proyecto pastoral y educativo de la parroquia de Pumarín en Gijón con su colegio diocesano.

Fue un gran maestro porque sabía escuchar a sus alumnos, hermanos sacerdotes y amigos con respeto y consideración. Era un hombre profundamente eclesial y constructor de comunión en todo lugar y circunstancia con una gran libertad de espíritu para ejercitar con responsabilidad e inteligencia la crítica cuando fuera necesario. Su funeral tan multitudinario, con la presencia de todo el presbiterio asturiano, confirma lo querido y respetado que fue por sus compañeros en el sacerdocio y por todos aquellos que lo conocieron y quisieron.

D. Luis llevó a buen término el ideal de vida de su admirado Dietrich Bonhoeffer en su obra “El precio de la gracia”. Sabía muy bien que cuando se ama a los crucificados el precio es compartir su cruz. Él lo hizo por pura gracia de Dios y por el anhelo de compartir vida y destino con los más pobres y sencillos a los que se unió para siempre desde su nacimiento en el seno de una humilde familia tevergana. Ahora para D. Luis ya comienza la vida que con tanta pasión predicó y anunció.

Descanse en paz.