Don Alberto Reigada Campoamor.


Párroco de San Francisco Javier. La Tenderina.

Oviedo.

Ordenado sacerdote en 1975.

Natural de Vegadeo.

Alberto Reigada 

 

El pasado viernes, estuvo aquí Don Alberto Reigada, párroco de la Tenderina, donde nuestro compañero Jesús está haciendo la pastoral. Nos habló de su vida, de su vocación y de su ministerio. Para nosotros, es siempre un estímulo intuir la ilusión y la felicidad en los sacerdotes que ya llevan años, porque nos anima y hace ver que estamos llamados a una vida plena a pesar de las dificultades. ¡¡Don Alberto lo transmitía a raudales!!

Entró al seminario de muy niño y le tocó vivir en su formación todos los cambios desencadenados por el Concilio. Aun así, según él, ésta fue muy completa y destacó insistentemente la importancia de la figura de un buen referente sacerdotal.

Estuvimos un gran rato hablando con él y entre los consejos que nos dio, puso especial énfasis en la entrega. Sí que es verdad que no es nuevo este consejo; pero eso de saber escuchar a las personas, estar a su lado de forma desinteresada, acompañarlas y llegar a quererlas es toda una virtud que no todos tenemos y que a veces cuesta desarrollar. Nos insistió también en que no claudiquemos nunca de lo que somos y que lo vivamos con verdadero orgullo; y nos pidió que fuésemos siempre buenos compañeros y que nos quisiéramos a pesar de las diferencias.

La entrega de la que nos habló queda reflejada en todo su historial de servicio a la Iglesia; vicario a los treinta y pocos años, estudiante en Roma con ya cercanos los cuarenta y delegado de pastoral juvenil en una época en la que los grupos de jóvenes de Asturias se contaban a raudales. Ahora, después de sufrir algún que otro problema de salud, la palabra acompañamiento sería la que mejor define su labor pastoral. Según él, nunca ha sido un hombre de construir templos, aunque ahora le toque hacerlo en la Tenderina, pero sí, de acompañar a personas. Esa es la labor más gratificante, aunque a veces sea un poco complicado; sobre todo si son psicólogos o monjas, nos decía entre risas.